CRÓNICA: Semana de Música Religiosa, Cuenca.
DESCRIPCIÓN: Ara Malikian, violín. Abstracciones místicas, III.
Lo cierto es que cuando el Miércoles Santo pregunté en las taquillas por entradas disponibles para los días que restaban de certamen, me enfrenté de nuevo a la dura realidad: para muchos conciertos estaban ya agotadas y para unos pocos sólo quedaban unos pocos de los peores asientos (eran numeradas). Moraleja: definitivamente tengo que espabilar, no se pueden dejar las cosas para última hora, lo de “o te mueves o caducas” resulta ser absolutamente cierto, pero es que cada vez ¡la gente se mueve más rápido!
Sin embargo, aún queda algo de justa arbitrariedad en este mundo, así que, por pura casualidad, pude hacerme con entradas para uno de los conciertos gracias a unas amables personas que habían comprado el abono completo y que se deshacían de los conciertos a los que no podían asistir. De forma que al final pude ver con un amigo el concierto del Jueves a las 12:00 en la Iglesia de San Miguel: Ara Malikian, violín. Abstracciones místicas, III (apropiado título para este blog, debe ser el destino, jeje).
Antes de comentar mi impresión sobre el concierto debo advertir de que soy un gran profano en la materia. Actualmente menos de un 5% de mi colección de discos es de música clásica (aunque va creciendo, uno se hace mayor). Y en cuanto a la música de violín, mi mayor experiencia escuchando este instrumento es posible que sea el “Desire” de Bob Dylan, los arreglos de Bowie en la época dorada del glam o los detalles alt-country en algunas canciones de Wilco. Bueno, también alguna sonata de Mozart y Beethoven, creo (no recuerdo bien, quizá estaba dormido). En cualquier caso, me gusta la Música, en general, y por eso me parece lógico compaginar el rock, el jazz, el blues, la electrónica y la música clásica (barroca, romántica, concreta, dodecafónica o como sea).
El concierto constaba de 3 piezas. La primera era la “Sonata nº1 en Sol menor” de Bach. Respecto a ésta, debo decir que tras los típicos primeros instantes de deslumbramiento ante el virtuosismo técnico (por tener un tío delante capaz de hacer algo que tu no podrías hacer en mil años), no me llegó a enganchar del todo e incluso en algunos momentos juraría que hubo notas desafinadas – en fin, supongo que era problema mío y de mi ignorancia, porque el intérprete, según he leído en prensa, tiene una calidad más que contrastada (por otro lado, también he leído que las sonatas de Bach para violín tienen una difilcultad técnica de la leche). La segunda pieza era “Lamento de Jueves Santo en Cuenca” de Antonio Parera Fons y se estrenaba en este concierto con presencia del propio compositor, que salió posteriormente a saludar (a diferencia del otro, el tal Bach, que no se digno a aparecer en su forma espectral). No estuvo mal, a veces me recordó a banda sonora de comedia de terror, como “El jovencito Frankenstein” de Mel Brooks o “El Baile de los Vampiros” de Roman Polanski (no es broma, no puedo evitar que me viniera a la mente esa comparación), pero tuvo unos cuantos momentos intensos y brillantes. Finalmente, en la tercera pieza, “Partita nº1 en Si menor”, por la razón que sea (quizá al dejar de intelectualizar los sonidos y escucharlos, sin más), se produjo el pequeño milagro de la música en directo y entré de lleno en el concierto. Los últimos diez minutos me parecieron sublimes. Descubrí la forma correcta de mirar a un intérprete de violín: no a la cara, ni a los dedos de la mano izquierda marcando las notas en las cuerdas, sino fijando la vista en el punto exacto de contacto del arco con éstas – es así donde se sienten los tiempos de las notas (desliza despacio y largo, desliza corto y rápido) y donde se percibe el ritmo y la “línea de bajos” (inclina brazo derecho hacia arriba, graves, hacia abajo, agudos). Digamos que fueron esos 10 minutos de “abstracción mística” los que hicieron que la cosa mereciera la pena. (Por cierto, no pretendía hacer ningún tipo de analogía con el sexo, pero la frase lo pone a huevo).

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